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Trabajo Informal

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Mi victoria pírrica

Alguna vez, como todo hombre que se interesa por su desempeño sexual, me pregunté a cerca de las cualidades físicas de mi 'herramienta' de trabajo. Luego, lo miré con algo de compasión, como diciéndole 'si algo malo pasa, no es tu culpa campeón'. En esos momentos aparecen como caídos del cielo cientos de sexólogos que dicen que el tamaño no importa, que antes bien puede resultar molesto para alguna mujeres que hallas hombres con vergas desproporcionales, o, como me atrevo a decirlo, 'mástiles con patas'. Después de haberme dado algo se suficiencia moral para no cortarme las venas -o, aceptémoslo, cortarlo a él- tomé metro y regla en mano y lo afronté. Sabía que algo tenia que salir de ese incómodo enfrentamiento y que uno de los dos, él o yo, saldría victorioso. Allí estábamos, el uno frente al otro, mirándonos. Él, con su único ojo me atemorizaba, pero yo tenía -creía tener- las de ganar. Tomé el metro; él tomó forma. Lo atrapé con fuerza entre mis temblorosas...

El otro debate de género

Las últimas décadas han dejado un reconocimiento cada vez más importante en los derechos de las mujeres. Las campañas contra la violencia doméstica, la discriminación salarial y en favor del reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos les han garantizado a una porción cada vez más grande de mujeres una serie de beneficios que les eran negados. Aunque falta mucho por hacer. Las mujeres siguen sin tener pagos equivalentes a los de los hombres por idénticos trabajos; tienen jornadas más largas dentro y fuera del hogar que sus compañeros hombres y son objeto de agresiones físicas, verbales y sexuales en distintos escenarios de la vida mientras que la justicia no procesa a los atacantes. Además, son presionadas para cumplir estándares culturales de belleza homogeneizantes, son tratadas como objetos sexuales y, lo que es la peor muestra de hipocresía como sociedad, son tratadas como 'putas' cuando expresan su erotismo de manera libre. La lucha por los derechos de las ...

Más Estado

Un amplio sector del país se imagina el fin del conflicto con los comandantes de las Farc esposados y tras las rejas. Esperan que la guerrilla acepte los innumerables errores que costaron miles de vidas y expulsaron a millones de sus tierras. Parece que ese sector de la sociedad espera que los 8, 10 o 20 mil guerrilleros y milicianos de las Farc terminen su vida en ya hacinadas cárceles colombianas; que con gesto oprimido acepten sus vínculos con el narcotráfico y asuman de manera exclusiva toda la responsabilidad por el conflicto armado. En últimas, esperan obtener mediante una negociación lo que ya hemos dicho aquí que no se logró mediante las armas: la militar derrota de la guerrilla, eludiendo así la responsabilidad del Estado y las élites en el origen y persistencia del conflicto. En Colombia ha sido el Estado uno de los más grandes responsables en el crecimiento y expansión de la guerrilla, los paramilitares y los narcos. Ha sido la falta de instituciones en las alejadas re...